En una cabina a media luz, con una estantería de libros como telón de fondo y dos micrófonos enfrentados sobre sillas altas, conversamos con Javier Esmeralda, el pintor guayaquileño que regresa a la ciudad después de veinte años entregado a su taller junto al mar, para compartirnos su universo poblado de rostros, formas y colores.
Autodidacta, pintor, tallador, grabador, muralista, dibujante y ecuatoriano. Así se define Javier: un artista dentro y fuera del lienzo. Frente a nosotros apareció un hombre de gestos amplios y voz rotunda, un narrador de historias con alma de niño que aún se asombra del mundo y que defiende con la misma pasión la naturaleza y la explosión del color.
Hablar con él es recorrer una geografía afectiva. Sus procesos creativos emergen entre recuerdos, amistades, calles, animales y paisajes de esa Montañita luminosa y diversa que habita su memoria. Una idea conduce a otra, un cuadro llama al siguiente, y la conversación se expande como sus propias pinturas: superficies colmadas hasta el último rincón por una sed inagotable de contar aquello que sus ojos han visto.
Al finalizar la entrevista quedamos expectantes a los nuevos proyectos de Javier en Guayaquil. Entre bromas, silencios cómplices y respuestas apenas insinuadas, intuimos que su obra está destinada a navegar más allá de las orillas de nuestros ríos. Le deseamos buen camino, buen viento y buena mar.